Los Minions se van al Hollywood de 1927

La franquicia más rentable de la animación vuelve a los cines. «Minions y Monstruos» (Minions & Monsters), la nueva película de Illumination dirigida por Pierre Coffin, sitúa a las criaturas amarillas en el Hollywood de 1927, donde intentan rodar su propia película de monstruos. Estrenada primero en el festival de animación de Annecy y ya en las salas, la cinta llega con un envoltorio muy reconocible —caos, caídas y ese idioma inventado— pero con un fondo inesperado: un homenaje al cine clásico, según destacan medios como La Nación.

De Chaplin a los monstruos de la Universal

El guiño no es casual. El humor físico de los Minions bebe directamente de los grandes del cine mudoCharlie Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd—, y la película se lo reconoce con homenajes explícitos a esas figuras. La ambientación en los años veinte permite además jugar con el paso del cine mudo al sonoro, uno de los momentos fundacionales del séptimo arte.

En su segunda mitad, la historia se adentra en el cine de terror clásico, el de los monstruos que hicieron célebre al estudio Universal —Drácula, Frankenstein, la Momia—, pero pasados por el filtro del disparate amarillo. El resultado es un juego de referencias que funciona en dos niveles: los más pequeños disfrutan del gamberreo y los espectadores adultos reconocen los guiños.

Un fenómeno para todos los públicos

Ahí reside buena parte del éxito de la saga: conecta con varias generaciones a la vez. Los niños ríen con el absurdo; los mayores captan las citas cinéfilas. No es casualidad que la marca de Gru y los Minions se haya convertido en la franquicia de animación más taquillera de la historia, con miles de millones recaudados en todo el mundo y un ejército de personajes convertidos en icono de la cultura pop.

Cine que ama el cine

Más allá de la taquilla, lo interesante de «Minions y Monstruos» es su mirada al pasado. En una cartelera dominada por las secuelas y los grandes efectos, una película de criaturas amarillas se toma la molestia de reivindicar a Chaplin y el cine de los orígenes. Lo hace, eso sí, a su manera: sin solemnidad, entre carcajadas y algún que otro destrozo. Un homenaje gamberro, pero homenaje al fin y al cabo, a ese cine que sigue inspirando incluso al entretenimiento más comercial.