Pocos animales cargan con tan mala prensa como la hiena. La cultura popular, del cine a los dichos, la ha fijado como carroñera, cobarde y hasta ridícula, con su risa nerviosa como marca de la casa. Un nuevo estudio, que recoge elDiario.es, viene a desmontar esa caricatura por donde menos se esperaba: por el juego.
Qué se ha estudiado
La investigación se ha centrado en la hiena manchada (Crocuta crocuta), la mayor de las hienas, a partir de observaciones en Tanzania y Sudáfrica. Participan, entre otros, el Departamento de Etología de la Universidad de Pisa, el Ngorongoro Hyena Project (del Instituto Leibniz de Investigación de Zoológicos y Fauna Salvaje) y Siyafunda Wildlife & Conservation. El proyecto de Ngorongoro lleva más de treinta años siguiendo a estas poblaciones, lo que da idea de la profundidad del trabajo de campo.
Trece sonidos y una cara expresiva
El hallazgo llamativo está en el detalle. Durante el juego, los investigadores registraron 13 vocalizaciones distintas, cinco de ellas no descritas hasta ahora por la ciencia. Y no solo sonidos: documentaron también gestos faciales precisos, en particular la llamada "boca abierta relajada" (ROM, por sus siglas en inglés), que funciona como una señal de que las intenciones son pacíficas, de juego y no de agresión.
La conclusión de los autores es contundente: las hienas manejan expresiones faciales y sonidos con una precisión comparable a la de numerosas especies de primates. Es decir, la comparación no es un adorno periodístico, sino lo que sugieren los propios datos.
Por qué el juego importa tanto
Puede parecer anecdótico que dos hienas jueguen, pero para un etólogo es una mina de información. Jugar sin que la cosa acabe en pelea exige leer las intenciones del otro: saber cuándo un mordisco es broma y cuándo va en serio. Esa capacidad de negociar señales es un indicador clásico de una vida social compleja, la misma que sostiene a los clanes de hienas, organizados en torno a una jerarquía matriarcal en la que las hembras dominan.
Justicia para un incomprendido
El estudio se suma a una larga lista de trabajos que, poco a poco, están reescribiendo la imagen de la hiena. Ni torpe ni simple: un animal profundamente social, comunicativo y adaptable. Quizá el problema nunca estuvo en la hiena, sino en el relato que habíamos construido sobre ella. Actualizarlo es, también, una forma de hacer mejor ciencia.



