Un farol que se enciende en la cuneta
Hay pocas estampas tan veraniegas como la de un seto a oscuras salpicado de puntos de luz verdosa. Quien haya paseado de noche por el campo en junio o julio probablemente se haya topado con una luciérnaga, también llamada gusano de luz. En España, la protagonista de este espectáculo es la luciérnaga común europea, Lampyris noctiluca, un escarabajo de la familia de los lampíridos, de la que existen unas 2.000 especies en todo el mundo.
Lo curioso es que el farol no lo enciende quien vuela. En esta especie, los sexos son muy distintos: el macho es un escarabajo alado que surca el aire en busca de pareja, mientras que la hembra, sin alas y de aspecto larvario, puede medir hasta unos 25 milímetros y permanece en el suelo. Es ella la que emite la luz de forma más intensa y constante, trepando a una brizna de hierba para que su brillo sea visible desde lejos. El macho, atraído, desciende hacia ese punto luminoso.
La química de la luz fría
Detrás de ese resplandor hay una de las reacciones más elegantes de la naturaleza. En los últimos segmentos del abdomen, la luciérnaga combina una molécula llamada luciferina con la enzima luciferasa y oxígeno. De esa oxidación nace una luz verdosa-amarillenta casi sin pérdida de energía en forma de calor: por eso se habla de «luz fría». Es un sistema mucho más eficiente que una bombilla tradicional, que desperdicia buena parte de la energía calentándose.
El insecto controla incluso la intensidad del destello regulando el aporte de oxígeno a las células que contienen la luciferina, casi como quien sube y baja la mecha de un candil. Y todo ello con un único propósito: comunicarse para reproducirse. La hembra puede mantener su señal varias noches seguidas; una vez encuentra pareja, deja de brillar.
Cuándo y dónde verlas
El mejor momento para buscarlas son las noches templadas de finales de primavera y, sobre todo, del verano, aproximadamente de junio a agosto. Conviene alejarse de los focos y las farolas: las luciérnagas prosperan en zonas rurales con suelos húmedos y, muy importante, con poca contaminación lumínica. Basta una linterna apagada, paciencia y dejar que los ojos se acostumbren a la oscuridad.
Una luz que se apaga
El problema es que ese espectáculo escasea. Cada vez resulta más difícil ver luciérnagas en los campos españoles, y la causa no es única. La luz artificial las perturba de manera directa: deslumbra a los machos e impide que localicen el brillo de las hembras, confundiendo el cortejo y dificultando la reproducción.
A ello se suman otras presiones. Un amplio estudio publicado en Science of the Total Environment, liderado por la Universidad de Kentucky y el Departamento de Agricultura de EE. UU. a partir de más de 24.000 observaciones ciudadanas, apunta al clima como uno de los factores de mayor peso: las temperaturas extremas y la sequía alteran el desarrollo de las larvas. Le siguen la pérdida de hábitat y el sellado del suelo, la propia contaminación lumínica y el uso de pesticidas.
La buena noticia es que algunas soluciones están a nuestro alcance: apagar luces innecesarias, usar iluminación cálida y dirigida hacia el suelo, y conservar setos, cunetas y prados húmedos. Pequeños gestos para que las próximas generaciones sigan pudiendo asombrarse, una noche de verano, ante esos faroles diminutos que encienden la oscuridad.



