Un país de propietarios
España es uno de los países donde más arraigada está la propiedad de la vivienda. En torno al 74% de los hogares vive en una casa propia, una cifra que, según Eurostat, solo supera Italia dentro de la Unión Europea y que queda muy por encima de la media comunitaria, situada en torno al 69%. En el extremo opuesto, países como Alemania o Suiza son sociedades de inquilinos: en torno a la mitad o más de sus hogares vive de alquiler, con mercados regulados y estables que han normalizado arrendar toda la vida.
La herencia del «España de propietarios»
Esta peculiaridad no es casual. Durante el franquismo, el Estado impulsó una política deliberada de acceso a la propiedad —con vivienda protegida, créditos subvencionados y ventajas fiscales— mientras mantenía congeladas las rentas del alquiler, lo que desincentivó la inversión en vivienda de arrendamiento. Aquella estrategia caló hondo: comprar dejó de ser una mera operación económica para convertirse en un símbolo de estabilidad y en la principal forma de ahorro de las familias. Décadas después, esa «cultura del ladrillo» sigue marcando las decisiones de los españoles.
La grieta generacional
El problema es que el modelo se ha vuelto contra los más jóvenes. El porcentaje de hogares en propiedad ha empezado a descender, y la caída es especialmente brusca entre los menores de 35 años, cada vez menos capaces de comprar. La causa es doble: unos precios de compra disparados y un alquiler igualmente desbocado en las grandes ciudades, donde una vivienda media puede comerse buena parte del salario de un joven. El resultado es un retroceso de la emancipación: muchos se quedan más años en casa de sus padres, no por gusto, sino por imposibilidad.
Una transición traumática
La paradoja es cruel: España tiene a la vez una de las tasas de propiedad más altas de Europa y uno de los mercados de alquiler más pequeños y tensionados, justo cuando los jóvenes más necesitarían poder alquilar. Las ayudas públicas —bonos al alquiler, planes de vivienda— alivian casos concretos, pero no atacan el problema de fondo: la falta de oferta asequible, tanto en compra como en arrendamiento. Si la tendencia continúa, España se irá acercando despacio al modelo europeo, con más inquilinos y menos propietarios. Pero no por una elección colectiva, sino porque, para una generación entera, comprar ha dejado de ser una opción.



