España plantó eucaliptos a gran escala desde los años cuarenta del siglo pasado con una idea sencilla: un árbol barato, de crecimiento rapidísimo y con una madera ideal para fabricar pasta de papel. La cornisa cantábrica —sobre todo Galicia y Asturias— y parte del suroeste se llenaron de hileras verdes que prometían rentabilidad en terrenos considerados improductivos. Casi un siglo después, la pregunta que se hacen los ecólogos es qué hemos ganado y qué hemos perdido.
Un bosque que apenas suena
El término «desierto verde» resume el hallazgo central: una masa frondosa que, por dentro, alberga muy poca vida. Un estudio de la Universidad de Santiago y del CSIC en el Parque Natural Fragas do Eume contabilizó alrededor de 19 especies de aves en eucaliptales frente a 32 en robledales. Las más perjudicadas son las insectívoras y las que anidan en cavidades: el ciclo de tala, cada 10-15 años, no da tiempo a que los troncos envejezcan y formen los huecos que necesitan carpinteros, trepadores y herrerillos. Aun así, no todo es blanco o negro: algunas rapaces sí aprovechan los eucaliptos altos para nidificar, un matiz que esgrimen quienes defienden la especie.
Agua, suelo y fuego
El eucalipto es una bomba de agua eficiente —produce mucha biomasa por litro consumido—, pero su volumen total es enorme; las cifras de consumo que manejan los grupos ecologistas, sin embargo, son cálculos divulgativos, no mediciones oficiales. Sobre la acidificación del suelo, el relato popular va por delante de la evidencia: un meta-análisis global de 2022 no encontró efectos consistentes sobre el pH.
Donde el matiz es decisivo es en los incendios. El eucalipto no provoca más igniciones —en la península la inmensa mayoría de los fuegos tiene causa humana—, pero sí favorece que el fuego se propague más rápido y con mayor virulencia, sobre todo cuando las plantaciones se abandonan y acumulan biomasa. El problema de fondo, advierten los expertos, es la gestión del monte, más que el árbol en sí.
El otro lado de la balanza
Demonizar el eucalipto ignora una realidad económica potente. El sector forestal-papelero gallego mueve cientos de millones de euros y da empleo a miles de personas, y detrás hay centenares de miles de pequeños propietarios para quienes es la opción más rentable de un monte minifundista. La industria sostiene que no existe una relación directa y exclusiva entre eucalipto e incendios y reivindica la gestión activa como solución. Esa tensión explica una paradoja: en 2017, el comité científico del CSIC recomendó incluir el eucalipto en el catálogo de especies invasoras y el Gobierno lo rechazó por su peso económico; la superficie, además, sigue creciendo en Galicia pese a las moratorias.
¿Hay alternativas?
Las propuestas no pasan por arrancarlo todo, sino por ordenar el territorio: limitar la expansión en zonas sensibles, recuperar frondosas autóctonas —roble, castaño, abedul— en mosaicos que frenen el fuego, fomentar la gestión frente al abandono y diversificar la renta del propietario. El reto, como casi siempre, es conciliar la cuenta de resultados con un monte vivo. La ciencia ya ha puesto los datos sobre la mesa; la decisión es política y social.



