Hay proyectos militares que nacen para ser el futuro y acaban siendo un aviso de lo que puede salir mal. El USS Zumwalt (DDG-1000) es uno de ellos, como repasa Xataka.

De 32 barcos a solo 3

La idea era ambiciosa: 32 destructores de una clase revolucionaria que representara el futuro de la guerra naval. La realidad fue mucho más modesta. Entre la explosión de costes y las dificultades técnicas, el programa se recortó hasta dejarlo en tres buques. Un salto tan grande, de 32 a 3, encarece cada unidad de forma brutal: los sistemas exclusivos y complejos que llevaba eran dificilísimos de mantener con una serie tan corta.

Un barco lleno de tecnología… sin un para qué claro

Sobre el papel, el Zumwalt impresiona. Tiene un diseño furtivo, un casco de líneas inusuales y una propulsión eléctrica híbrida capaz de generar unos 78 megavatios, una potencia comparable a la de un portaaviones nuclear. Montaba además dos cañones avanzados de 155 milímetros.

El problema es que muchas de esas capacidades se quedaron por el camino. Los cañones, de hecho, acabaron retirados: la munición específica que disparaban era tan cara que su uso resultaba inviable. Y, sobre todo, al barco le faltó lo más importante: una misión claramente definida dentro de la flota. Tanta tecnología, y ningún papel evidente que desempeñar.

El rescate: misiles hipersónicos

Ahora la Marina estadounidense intenta darle un sentido. El plan es rearmar el Zumwalt con cuatro tubos lanzadores que alojan tres misiles cada uno, hasta doce misiles hipersónicos del programa Conventional Prompt Strike (CPS). La reactivación del buque está prevista para septiembre de 2026, y con ella llega por fin una misión concreta: atacar a gran distancia objetivos de máximo valor y muy defendidos.

Caro también por arriba

El rescate, eso sí, no es barato. Cada misil hipersónico cuesta alrededor de 67 millones de dólares, y su producción va por detrás de las necesidades: se fabrican seis o siete al año frente a los doce que harían falta para llenar un solo barco.

El Zumwalt queda así como una lección cara sobre los límites de apostarlo todo a la tecnología más avanzada. Un buque diseñado para el futuro que ha pasado años buscando su hueco en el presente, y que solo ahora, rearmado, empieza a encontrarlo.