Hay escenarios que no se eligen: se heredan. El Patio de los Arrayanes de la Alhambra, con su lámina de agua quieta reflejando los arcos nazaríes bajo la noche granadina, es uno de esos lugares donde la música parece preexistir a quien la toca. Allí, el Cuarteto Quiroga levantó un programa de altísima exigencia dentro de la 75ª edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, que este año se celebra entre el 11 de junio y el 12 de julio.

Dos siglos frente a frente

La propuesta del cuarteto no fue un recital al uso, sino una arquitectura. Sobre el atril se cruzaron dos nombres separados por dos centurias: Juan Crisóstomo de Arriaga, el llamado «Mozart español», muerto en París antes de cumplir los veinte años, y György Kurtág, el maestro húngaro de la concentración y el silencio. El programa intercaló los tres cuartetos de cuerda que Arriaga firmó en 1823 con piezas breves y aforísticas de Kurtág, hilando un vínculo entre la juventud truncada y la longevidad creativa.

La velada se ordenó como un tejido: el Aus der Ferne III (1991) de Kurtág precedió al Cuarteto nº 1 en re menor de Arriaga; el Aus der Ferne V (1999) dio paso al Cuarteto nº 2 en la mayor. Tras la pausa llegó la pieza más despojada de la noche, Secreta: funeral music in memoriam László Dobszay (2011), antesala del Cuarteto nº 3 en mi bemol mayor, la página más ambiciosa del joven bilbaíno. El gesto era claro: hacer dialogar el clasicismo encendido de Arriaga con la modernidad esencial de Kurtág, sin que ninguno de los dos quedara empequeñecido.

Un cuarteto en la cima

Pocas agrupaciones podían sostener semejante apuesta. El Cuarteto Quiroga —Aitor Hevia y Cibrán Sierra a los violines, Josep Puchades a la viola y Helena Poggio al violonchelo— es hoy uno de los conjuntos de cámara españoles más reconocidos dentro y fuera de nuestras fronteras. Fundado en 2003 y bautizado con el nombre del violinista gallego Manuel Quiroga, se formó a la sombra de maestros como Rainer Schmidt, del Cuarteto Hagen, y Hatto Beyerle, fundador del Alban Berg.

Su trayectoria avala el riesgo: Premio Nacional de Música 2018, Premio Ojo Crítico de RNE y galardones en los grandes concursos internacionales del género. Esa combinación de precisión y libertad es precisamente lo que pide un programa donde el menor desajuste en las piezas de Kurtág rompería el hechizo.

La Alhambra como caja de resonancia

El marco hace el resto. El Patio de los Arrayanes, corazón del palacio de Comares, no es un auditorio convencional: el agua, la piedra labrada y el cielo abierto imponen una acústica y una atmósfera irrepetibles, donde el silencio entre nota y nota pesa tanto como el sonido. En ese espacio, la música de cámara recupera su sentido más íntimo, el de unas pocas voces conversando en voz baja para quien quiera escuchar.

El Festival de Granada, que llega a su 75ª edición consolidado como una de las grandes citas estivales de la música europea, encontró en este concierto uno de esos programas que justifican por sí solos la existencia de un certamen: repertorio valiente, intérpretes en plenitud y un escenario que ningún teatro del mundo puede imitar.