Lo que dice la ciencia
La escena es de lo más común: el perro a los pies de la cama o el gato hecho un ovillo sobre la almohada. Mucha gente lo vive como algo reconfortante —y, emocionalmente, lo es—, pero medido con aparatos, el resultado es otro. Varios estudios sobre el sueño coinciden en que compartir cama con la mascota reduce la eficiencia del descanso: más microdespertares, más movimientos, un sueño algo más fragmentado, según recoge Xataka.
Por qué pasa
La razón es sencilla: perros y gatos no duermen como nosotros. Tienen sus propios ciclos de sueño y vigilia, se mueven, cambian de postura, reaccionan a ruidos. Los gatos, más activos al amanecer y al anochecer, suelen ser los más «inquietos» de madrugada. Esas pequeñas interrupciones, por breves que sean, erosionan la continuidad del sueño profundo sin que muchas veces seamos del todo conscientes.
El matiz importante
Ahora bien, la ciencia no demoniza a las mascotas. Dormir cerca de un animal aporta compañía, sensación de seguridad y una reducción del estrés y la ansiedad que mucha gente nota de forma muy real, según apunta The Conversation. De ahí la paradoja: objetivamente descansamos algo peor, pero subjetivamente nos sentimos mejor. Y eso también cuenta.
El punto medio
Para quien no quiera elegir entre descanso y compañía, los expertos sugieren una solución sencilla: que la mascota duerma en la misma habitación, pero no en la cama —en su propia camita cerca—. Así se conserva la cercanía y se reducen las interrupciones. Y, sobre todo, vale el sentido común: si te levantas descansado con tu perro o tu gato al lado, no hay motivo para cambiar nada. Pero si amaneces agotado sin saber por qué, quizá tengas, durmiendo a tu lado, una pista peluda.



