Cada primavera, cientos de miles de peregrinos recorren los caminos que llevan a El Rocío atravesando uno de los espacios naturales más valiosos de Europa: el entorno de Doñana, parque nacional, reserva de la biosfera y Patrimonio de la Humanidad. Es una de las mayores concentraciones humanas del continente en un espacio protegido. Y cuando el último carro se aleja y callan los tambores, el campo queda marcado: bolsas, botellas, papel y colillas desperdigados entre los lentiscos. Es entonces cuando aparecen los voluntarios.
Una década recogiendo lo que otros dejan
Según relata elDiario.es, un grupo de voluntarios lleva una década organizando jornadas de limpieza en los caminos rocieros semanas después de que pasen las hermandades. "Si defendemos que Doñana es la auténtica joya de la naturaleza en España, no puede tener una montaña de basura", resume Justo Martín, uno de los impulsores de estas batidas.
El trabajo es tan sencillo de describir como duro de ejecutar: guantes, bolsas, conocimiento del terreno y horas de caminata por tramos a los que los servicios municipales no siempre llegan, los más silvestres y alejados de las carreteras.
Kilos de residuos, tramo a tramo
Las cifras dan la medida del problema. En el Camino de Hinojos, en el tramo entre el Puente del Ajolí y Moralejo, los voluntarios han llegado a recoger cerca de 47 kilos de residuos en una sola jornada, entre ellos varios kilos de vidrio y de papel higiénico. En la zona de La Madre de la Marisma, otra acción de limpieza retiró unos 72 kilos de basura, con decenas de envases y más de 300 colillas, según la misma información.
Martín describe lentiscos convertidos en "urinarios improvisados" y "kilos y kilos de papel higiénico" repartidos por el campo semanas después del paso de las hermandades. Una estampa difícil de conciliar con el estatus de espacio más protegido de España, hogar del lince ibérico, el águila imperial y miles de aves migratorias.
Por qué Doñana es tan frágil
Doñana es el humedal más importante de Europa occidental, un mosaico de marismas, cotos y dunas que conecta las rutas migratorias entre África y el norte del continente. Su equilibrio es delicado, y la presión humana —aunque sea festiva y temporal— deja huella. Las rutas rocieras discurren por el borde y el interior del espacio, recorridas durante días por decenas de hermandades en carros, a pie y a caballo. La masificación es difícil de evitar; los residuos, en buena parte, también. Pero su escala puede reducirse.
Soluciones que se suman al voluntariado
En los últimos años han surgido iniciativas para atajar el problema desde el origen. Una campaña conjunta por un Rocío "más limpio y sostenible" distribuyó miles de bolsas de recogida entre las hermandades, y las administraciones refuerzan cada año los planes de limpieza durante la romería. Aun así, los voluntarios saben que las instituciones no llegan a todas partes, y por eso vuelven, año tras año, al mismo lugar. No por obligación, sino por convicción: porque Doñana, dicen, merece algo mejor que ser el vertedero de una fiesta.



