Un símbolo de la Costa del Sol

El espeto —media docena de sardinas ensartadas en una caña y asadas al fuego sobre la arena— es mucho más que una ración de playa: es un emblema gastronómico de Málaga y la Costa del Sol, ligado al verano, los chiringuitos y las comidas en familia frente al mar. Por eso, cuando han circulado titulares que daban a entender una posible prohibición, ha cundido cierta alarma. Conviene aclararlo: los espetos no están prohibidos ni hay ningún decreto que ordene retirarlos.

De qué va realmente el conflicto

Lo que existe es un choque competencial entre administraciones a cuenta de la reforma del reglamento de la ley de costas que impulsa el Ministerio para la Transición Ecológica, la norma que regula qué se puede hacer en el dominio público marítimo-terrestre (playas, instalaciones temporales, chiringuitos). La Junta de Andalucía —y otras comunidades con litoral— reclaman participar en esa reforma y acusan al Gobierno de una postura demasiado restrictiva, según Diario Área. De hecho, varias autonomías costeras han hecho frente común para pedir consenso, como recoge El Español.

Chiringuitos, no espetos

La discusión afecta a las concesiones de los chiringuitos y a los requisitos de sus instalaciones (que sean desmontables, sin renovación automática, etc.), un asunto que sí preocupa al sector porque algunos establecimientos quedan pendientes de regularización. Pero una cosa es el régimen de los chiringuitos y otra muy distinta prohibir asar sardinas en la playa. En Málaga, hacer fuego para los espetos está regulado y permitido con las debidas autorizaciones, y nada en la reforma apunta a su desaparición.

La amenaza que sí es real

Si algo pone en aprieto a esta tradición no es la normativa, sino el relevo generacional. Encontrar espeteros jóvenes es cada vez más difícil: es un oficio duro, de calor, humo y largas jornadas junto a las brasas, que pocos quieren aprender pese a estar bien pagado. Buena parte de quienes lo sostienen hoy son trabajadores que han hecho de ese saber su oficio. Ese —y no un decreto— es el verdadero frente abierto para el futuro del espeto: que siga habiendo manos que sepan clavar la caña en su punto.